Curiosidades lingüísticas III: Quaestiones

Damos por abierto el tercer capítulo de las Curiosidades Lingüísticas que estarán, si nada nos lo impide, presentes todos los jueves en nuestro Blog de Curiosidades. Hoy, con título latino: Quaestiones, sustantivo latino en plural que se traduciría como “preguntas”. Nos referimos con este título, concretamente, al signo de interrogación que tenemos en el español. Hoy vamos a hablar sobre el origen de este símbolo.

Desde la antigüedad, como sabrán los más doctos en Historia –más doctos que yo, por supuesto, yo me limito al latín y a la etimología–, se escribía en pergaminos. El pergamino era el tipo de papel que se utilizaba en Roma para escribir, por lo general, las que hoy llamaríamos “ediciones de lujo” de la literatura. El principal motivo de que lo utilizaran exclusivamente para trabajos superiores y no para escribir cualquier tipo de textos, es que tenía un coste demasiado alto para poder permitirse su uso diario. De ahí surgió la necesidad de ahorrar papel.

Pues bien, a partir de esta necesidad, se comenzaron a escribir los textos seguidos, sin separación ni distinción alguna entre los párrafos, de manera que se ocupara la mayor parte del papel y no se dejara en ningún momento la más mínima esquina sin utilizar. El problema radicaba en un asunto en particular, y es que al leer los textos, no sabían cuándo estaban preguntando y cuándo estaban respondiendo, porque no había nada que lo indicara. Entonces idearon la forma de entenderse, una forma bastante ingeniosa, por cierto.

Baste decir, antes de centrarnos en lo principal del tema, que escribían en latín. Y como la lengua era la latina, utilizaron medios basados en esa misma lengua. Entonces, utilizaron la palabra “quaestio” –en plural, “quaestiones”, por eso el título–. Esta palabra se escribía, a partir de aquella idea, cada vez que había una pregunta. Así lograban entenderse, pero entonces venía otro problema: al escribir esa palabra cada vez que hubiera una pregunta, se gastaría también una parte del papel, por lo que había que idear la manera de ahorrar un poco más de papel. Esta última idea es el origen de nuestro signo de interrogación.

Colocaron entonces, en vez de la palabra completa, una “Q” cada vez que había una pregunta. “Q” de “quaestio”, por supuesto. Entonces, cuando se estaba leyendo un pergamino y se veía esa letra, se sabía que estaban en una pregunta. A raíz de eso, se optó, también para ahorrar tiempo y trabajo, por romper esa Q.

Si cogemos un papel y un lápiz, escribimos una Q, y después borramos la mitad de la letra, exactamente por la parte donde está lo que se conoce vulgarmente como el “rabillo”, veremos que el resultado es, efectivamente, un signo de interrogación.

Ese signo de interrogación se ha extendido por muchísimas lenguas, pero, curiosamente –y con esto ya salimos de la explicación–, el español es la única lengua que utiliza el signo de interrogación al principio y al final de la pregunta. Cosa curiosa. En cualquier caso, los latinos sólo lo utilizaban al final de la pregunta, primero poniendo la palabra, después la letra y después el signo.

Hagan la prueba del papel y el lápiz, será divertido. Espero haber despertado su curiosidad. Hablaremos, si alguna curiosidad acude a nuestro repertorio, la semana que viene.

Saludos.


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